La muerte del cisne por Lucía Chilibroste

La Muerte del Cisne Orpheo Hotel

Esta semana en Orpheo Express Hotel, Lucía Chilibroste nos escribe en exclusiva sobre Ana Pavlova, la muerte del cisne y su muerte.

La muerte del cisne – Por Lucía Chilibroste

Tengan pronto el traje del cisne” fueron las últimas palabras de la gran bailarina  Anna Pavlova. Todos sabían a qué hacía referencia… era al rol que Mijail Fokine había especialmente para ella en 1905, “La muerte del cisne”.

La Muerte del Cisne Orpheo Hotel

Tanto Pavlova como “La muerte del cisne” cambiaron el mundo de la danza. Ella representaba un modelo distinto del físico esperado de una bailarina. No tenía el cuerpo “bello y fuerte[1] que por ejemplo tenía su compañera de generación Tamara Karsavina. Más bien presentaba un aspecto desgarbado, con brazos larguiruchos, un cuello muy largo y flaco (ella misma en broma señalaba que parecía una jirafa flaca), algo que siempre intentó revertir tomando aceite de bacalao para engordar. Pero lo revolucionario fue su danza… se señala que “su danza veía temblorosa, frágil”.

Bronislava Nijinska acotaba que sus equilibrios y arabesques eran “inseguros y temblorosos… como un aroma, una brisa un sueño[2]. Y a pesar de su apariencia de fragilidad en los balances, con un gran arco del pie y sus musculosas piernas lograba grandes saltos pero alejados de toda fuerza y bravura. Más bien con una apariencia efímera y espontánea, como el “Impresionismo aplicado a la danza[3] señala Jennifer Homans.

Y los tres minutos y poco que dura la coreografía de Fokine en base a parte de la partitura de Saint-Saens del “Carnaval de los animales”, también aportaron un nuevo giro al camino coreográfico ruso, que luego desarrolló a sus anchas en la compañía de Sergei Diaghilev, los Ballets Rusos. Tomando como clara referencia “El lago de los cisnes” de Tchaikovsky, Fokine decidió apartarse de toda la artificiosidad de los movimientos y como hijo de su época que era, aportar un toque naturalista.

La obra se despoja de toda pose, de toda bravura, de toda mímica, de toda apariencia, hasta de la historia. Con tan sólo tres elementos (el cisne, el lago y la luna) muestra los últimos instantes del hermoso animal que está muriendo a orillas del lago bajo la única compañía de la luna. Y allí reside precisamente la fuerza de la danza, en lo particular y único de la cualidad de movimientos y expresividad que Fokine crea. No es una mujer que aparenta un cisne que muere… es realmente un cisne muriendo. Una poesía que reflexiona sobre la lucha entre la vida y la muerte.

Anna Pavlova bailó esta obra en cada presentación que realizó. Dueña de una pequeña compañía fue una incansable viajera que se encargó literalmente de recorrer el mundo entero y llevar su danza a los cinco continentes. Innumerables son los testimonios de personas que conocieron y se fascinaron con el ballet al verla. Quizás el más conocido sea el del bailarín y coreógrafo inglés Frederick Ashton quien la vio en su adolescencia mientras vivía en Ecuador, y a partir de entonces decidió dedicar su vida a la danza.

A Montevideo por ejemplo lo visitó cuatro veces (1917, 1918, 1919 y 1928). Y siempre en cada una de estas funciones, el acercamiento al público parecía muy cercano.  Tal como nos cuenta en su biografía la coreógrafa estadounidense Agnes de Mille, cuando de niña saludó a Pavlova luego de una función, el beso y la flor que la bailarina les regaló, alteró su vida, así como la de “una de cada diez bailarinas de su generación”, ya que “como un apóstol”, tenía el “poder de la conversión[4].

Por todo eso, su muerte conmocionó al mundo de las artes en general, y de la danza en particular. Tal como continúa contando Agnes de Mille “la muerte se la llevó a en 1931, a los cincuenta años de edad. No había dejado nunca de realizar giras. Las rodillas se habían resentido algo pero no quiso descansar y se hallaba en estado de postración cuando chocó el tren que la conducía a Holanda. Echo a correr por la nieve e insistió en socorrer a los heridos. Cuando llegó a La Haya tenía una grave pulmonía”.

Y De Mille recuerda: “de pie en la novena avenida vi los titulares del New York times. Me parecía imposible. Ella era esencialmente la negación de la muerte. Mi propia vida tenía raíces en ella, de una manera honda y espiritual, y así lo sentí durante todo mi crecimiento y desarrollo. Su muerte provocó en el mundo una histeria adolescente sin precedentes. Varias jóvenes bailarinas se sentían identificadas con la estrella hasta el punto de creer que en realidad el alma de la Pavlova había transmigrado a su cuerpo”[5].

Tras la muerte sus cenizas fueron depositadas en el cementerio Golders Green, próximo a su casa de Ivi House en Hampstead Heath. “Toda la gloria de los últimos grandes días imperiales estuvo presente. Karsavina, Lopokova, Massine. Pero también en Nueva York, Los Ángeles, París, Berlín, Roma y San Francisco, dondequiera que hubiera una iglesia ortodoxa rusa, se congregaron bailarines, algunos que la conocían y muchos que jamás la habían visto.  Yo fui a la misa de Nueva York y allí estaban todos los cultores de la danza de la ciudad. Nos mantuvimos de pie. El sacerdote entró y salió de sus biombos sagrados. ‘Están cantando –me dijo una amiga por lo bajo- Recibe el alma de Ana. Ama nuestra Ana. Bendícela y protégela’. Al finalizar el servicio, Fokine, como el más antiguo de sus amigos, recibió nuestras condolencias. A pocos nos conocía. Caminamos en silencio, como extraños, y nos dio la mano. Su esposa, Vera Fokina, de negro de la cabeza a los pies, estaba a su lado. Salimos a recibir la claridad del día. Por donde la Pavlova había pasado, cabezas alteradas, llamas que brotaban del musgo y muchachas que corrían en pos de una extraña, violenta, antigua vocación habían quedado”[6].

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[1] Homans, Jennifer; “Apollo’s angels. A history of ballet”; Nueva York; Random House; 2010
[2] Idem.
[3] Idem.
[4] Tomado de Agnes de Mille, “Dance to the Pipper”, reseñado en “Tiempos de Danza”; Dir. Laura Falcoff; Buenos Aires; ; El Bosque Editora.
[5] Idem
[6] Idem.

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