Ballet Romántico – Surgimiento por Lucía Chilibroste

Ballet Romántico

Ballet Romántico.
Es difícil, sino imposible, caracterizar de una forma absoluta en qué consistió el Romanticismo, ya que tuvo sus distintas particularidades según los países, momentos y corrientes artísticas.

Ballet Romántico

Tal vez como elementos comunes se puedan señalar el culto a la individualidad del artista, el desprecio a la razón y las formas, creyendo que sólo en las emociones podía encontrarse las verdaderas fuentes de inspiración. Estos artistas “estaban locos de lirismo y arte”, tal como señala el poeta y reconocido crítico Théophile Gautier (1811-1872). Y como señala el historiador Ivor Guest (2001), “convencidos de que habían descubierto el secreto perdido de la poesía”. La prosa de Byron, Scott y Hugo, la música de Berlioz, Chopin y Mendelsson, y la pintura de Géricault, Delacroix y Corot comenzaban a expresar ese nuevo sentir. Pero en el caso del ballet romántico, si existe un claro lugar y fecha de nacimiento: Francia en 1832, con la presentación del ballet “La Sílfide”, de Taglioni.

Contexto histórico

Muchos señalan que el ballet tal cual hoy lo conocemos, surgió precisamente durante el Romanticismo en Francia. Tras el estallido político de la Revolución francesa y el avance implacable de la revolución industrial, el siglo XIX encontró una Europa conmocionada, desilusionada con el ideal de razón que el siglo anterior había impulsado, por lo que fue una cuna ideal para el nacimiento del movimiento romántico.

La revolución francesa había terminado, así como el posterior intento de Restauración de la Monarquía francesa absoluta. Y tras la primera ola de las llamadas Revoluciones Burguesas, llegaba al trono el nuevo monarca de Francia, Luis Felipe, con su monarquía constitucional, gran apoyo de la burguesía y planteo de cambios. Y la Opera de París, cuna del ballet romántico, no fue ajena a ellos.          

Hasta el momento la Opera, cuya sede no es la que actualmente conocemos, sino la vulgarmente llamada “La Petelier” (el nombre de la calle en la que se ubicaba), había sido considerada como bastión del conservadurismo francés, por lo que resultaba impermeable a las nuevas tendencias artísticas. Pero el nuevo director de la Opera de Paris, Louis Véron, afín a la nueva oleada de cambios que se vivían, decidió transformarla en un lugar popular y “fashionable”. Visto con ojos del siglo XXI, podría decirse que Véron poseía un gran don de gestor cultural: hizo un “estudio de mercado” y conocía los beneficios que el “marketing” podía ofrecer al teatro. Se dio cuenta que el público estaba cansado de ver dramas complejos o comedias de costumbre, las cuales ya no atraían. Sin embargo parecía existir interés en una nueva propuesta de historias simples en las que la danza surgiera naturalmente desde su acción. Se buscó así que como espectáculo, el ballet se independizara de la ópera. Y que también lograra unificar la danza a través del argumento, la música, el vestuario y la escenografía, con el fin de una mayor sensación de realismo y profundidad.

Para llevar a escena las nuevas obras e incorporar el romanticismo a la danza Véron no escatimó gastos. Realizó una importante inversión en lo relacionado a la iluminación y los decorados, incorporando el gas para lo primero y los avances de Louis Daguerre para lo segundo.

También se propuso ampliar el espectro esencialmente burgués del público, al incluir entre los espectadores a la influyente y pujante burguesía. Para ello permitió a los abonados más importantes acceder entre acto y acto al “Foyer de la danse”, espacio en el que se podía conversar y coquetear con los bailarines, y que se convirtió en una importante institución social hasta después de la Segunda Guerra Mundial.

Otra innovación que llevó a cabo fue la de promover el sistema de bailarinas estrella: las “etoiles”. Descubrió que si elevaba a ciertas bailarinas a tal grado, generaba en el público una gran admiración y expectación, y por los tanto aumentaba la venta de entradas. La primera bailarina en ser promovida a “etoile” fue Marie Taglioni.  Luego los hechos le demostraron que contar con una única “etoile” podía resultar difícil, ya que tanta popularidad llegaron a convertirla en por los demás demandante y caprichosa. Por lo que rápidamente comenzó a “generarle competencias”, elevando a “etoile” a quien fue su mayor competencia, Fanny Elssler. Los celos y enemistad entre ambas fueron antológicos.

Romanticismo en el ballet

Tal como se señalaba, el ballet romántico surgió en Francia en 1832 con la presentación del ballet “La Sílfide”, de Filippo Taglioni. Muchos certeramente recuerdan un claro antecedente que es “El ballet de las monjas” en la ópera Robert le diable (1831) de Meyerbeer. Pero esta obra se perdió, y sin lugar a dudas las que quedaron para la posteridad y hoy se consideran como la máxima expresión del romanticismo son La Sylphide (1832) y Giselle (1841).

Con ellas, se abrió una nueva era en la danza. No sólo se cambian las temáticas, sino que se apela en forma directa y profunda a las emociones de los espectadores. Con el mismo final trágico, ambas obras comparten una estructura y canon común de sentimientos, como son la disyuntiva entre el amor terrenal y el ideal, la locura, la traición y el arrepentimiento.

Ambas historias se desarrollan en dos mundos (y actos) claramente contrastados. El primero es real y terrenal, pero en un espacio un tanto lejano y destacado por aspectos del folclore nacional (un alejado lugar de Escocia en La Sylphide, y sobre el Valle del Rin en Giselle). Y el segundo, con una atmósfera intensamente poética, se desarrolla en un espacio irreal habitado por mujeres fantasmagóricas, ideales e intangibles, hermosas y puras como sílfides o willes.

Esta dualidad de “mundos” en una misma obra aportó gran enriquecimiento coreográfico al exigirle a un mismo artista en una misma noche, dos actuaciones completamente diferentes. Un primer acto con una danza con acento abajo, a tierra, interpretando un ser humano, y un segundo con pasos de elevación, aérea, siendo una especia de fantasma.

Estos segundos actos fueron favorecidos por otros dos grandes aportes del ballet romántico: su particular tutú y el uso de las zapatillas de puntas. El “tutú romántico” que es usado hasta hoy en día y llevaban las sílfides y willis, significó una revolución estética en el vestuario teatral. Elaborado con gasa y tul, permitió a las bailarinas un movimiento más ligero, así como ofrecer la sensación de ser más livianas y etérea. Sensación que se vio potenciada por el uso de las zapatillas de puntas, que si bien son un invento anterior, en estas obras lograban ser el resultado perfecto de la búsqueda de la levedad.

¿Hotel en Montevideo?
🏬 www.orpheohotel.com 🏬
Andes 1449 esq. Mercedes
📞(+598) 2905 00 00
#SimplementeTuMundo

Leave a comment

CLOSE
CLOSE
es_ESSpanish
es_ESSpanish
Abrir chat